MORIR EN RUANDA


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MORIR EN RUANDA

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PRÓLOGO DE

Miguel Ángel de la Cruz

 

Periodista. Antena3

 

            Creo que pocas veces he tenido sobre mi mesa un libro que contenga unas narraciones tan terribles y reales como las que contiene éste de Juan López Palafox. Del prestigioso doctor López Palafox, que es a la vez mi amigo Juan desde hace muchos años.

            Juan López Palafox narra aquí sus dos imborrables experiencias como profesional e investigador en Ruanda. La última fue la de 1997. En esa época indagó sobre quiénes fueron los asesinos de tres españoles en ese país. Enviado de forma oficial por el Gobierno, se empeñó en saber la verdad sobre quienes apretaron los gatillos de sus kalashnikov contra el médico sevillano de 42 años Manuel Madrazo, contra la enfermera leridana María Flors, de 33 y contra el madrileño Luis Valtueña, de 30. Contra Luis, antiguo cámara de televisión y compañero mío durante un tiempo en Antena3.

            Juan, junto a otro investigador, Cristóbal, se encontró con un muro de dificultades para desempeñar su tarea y pese a eso se trajeron a España unas conclusiones muy claras y muy incómodas sobre quiénes fueron los responsables de los crímenes. Unas conclusiones que plasma en este libro al final de una narración que tiene componentes de novela de aventuras, de misterio y policíaca.

            Pero antes, en la primera parte de esta obra, Juan recuerda su primer encuentro con la bella Ruanda. Su encuentro, con una tierra que no duda en describir como un paraíso, en un momento en que estaba sembrada con los restos de la matanza de miles de personas.

            Los españoles estamos acostumbrados a mostrar nuestra solidaridad con aquellos que sufren y estamos dispuestos a manifestarnos, a gritar y a pedir que se castigue a quienes maltratan, humillan o abusan de alguna persona indefensa. Estamos acostumbrados a repudiar a quienes agreden a algún enfermo, a algún desvalido, a alguna mujer o a algún niño.

            Estamos acostumbrados a exigir el más severo castigo para quien se sobrepasa lo más mínimo contra una sola persona.

            Cuando Juan López Palafox cuenta cómo vivieron de primera mano, no el abuso, ni la humillación, sino los más crueles asesinatos que se puedan imaginar, uno se siente desolado. No sabe qué hacer, qué pensar. Se le deshacen todos los principios. No puede por menos que apartar la mirada del libro para tratar de pensar en otra cosa y evitar que se derramen las lágrimas.

            Juan López Palafox nos cuenta cómo se realizaron las matanzas de cientos de miles de personas, ¡cientos de miles! y en su mayoría mujeres, muy jóvenes y niños. Nos trae los más terribles testimonios de los supervivientes. Podemos leer cómo se llegaba a obligar a padres a matar a su propia esposa y a sus pequeños con machetes o a garrotazos en la cabeza. El autor dice que se le han quedado para siempre en su retina las visiones de la muerte, de las más

descarnadas atrocidades, de los crímenes más inhumanos que se puedan imaginar. No es para menos. Vio miles de esqueletos de asesinados, se sumergió en el barro putrefacto de las fosas comunes para tratar de identificar a los muertos. Poco consiguió. Tan solo fue capaz de separar cráneos de mujeres, hombres y niños. Tan solo fue capaz de certificar que muchas de las calaveras de niños de uno o dos añitos habían sido partidas en dos con un solo golpe de machete, el arma más barata y eficaz para matar que se usó en Ruanda.

            Yo he estado con Juan López Palafox muchas veces y he hablado mucho con él. En una ocasión le pregunté, Juan, de verdad, mientras trabajabas, aunque eres un odontólogo forense experto en identificación de cadáveres por medio de la dentadura, ¿pudiste colocarte una armadura tan poderosa como para ser ajeno a los sentimientos? Me miró con ojos de cierta sorpresa y me respondió con seguridad: "En este trabajo no se puede llorar. Ya hay que venir llorado. Cuando estás sobre el terreno -me contó- aguantas el tipo como puedes. Ya tendrás tiempo de desplomarte y llorar hasta tener los ojos secos e hinchados. ¿Sabes cuándo? Cuando llegas a casa, cuando llegas al hotel. Mira, en Ruanda, los niños son preciosos, son guapísimos. Si yo, mientras identificaba sus cadáveres hubiera pensado en ellos, en sus risas, en sus juegos... no hubiera sido capaz de hacer mi trabajo. ¿Y sabes lo que hubiera supuesto eso? Que no se habría cuantificado la matanza, que la gente nunca se hubiera enterado de la magnitud del horror que se vivió allí."

            Cuando Juan llegó a Ruanda en 1994 ya era un veterano en reconocimiento de cuerpos destrozados en catástrofes y accidentes. En 1977 estuvo en la tragedia del aeropuerto de Tenerife Norte. Allí, el choque de dos aviones, uno de Pan Am y otro de KLM, provocó 582 muertos. Años después, en 1980, volvió a la misma isla canaria, al Monte de los Diablillos, donde se había estrellado un vuelo de Dan Air. 146 personas fallecieron allí.

            También participó en el reconocimiento de cuerpos del accidente aéreo de Bilbao, en 1985, donde perdieron la vida 148 personas.

            Estuvo abriendo fosas en Kosovo y certificando los crímenes de guerra que se cometieron en aquel lugar.

            Me vuelve a hablar de los sentimientos y de la profesionalidad.

            "Mira, en uno de esos accidentes aéreos murió un amigo mío. Yo no sabía que iba en uno de los vuelos. Me acerqué a su cadáver y lo reconocí oficialmente por unas peculiaridades en su dentadura. Después seguí trabajando en la identificación de más cuerpos. ¿Cuando lloré por mi amigo? Después, en el hotel. Te aseguro que pasé toda esa noche en blanco y una semana entera sin dormir."

            Pero a este profesional curtido Ruanda le dejó más impresionado que cualquier otra cosa. "Porque los accidentes fueron tragedias puntuales -dice- y Kosovo, crímenes de guerra. Pero ver allí, en Ruanda, los cadáveres de 200 niños con los cráneos rotos... Ver el esqueleto de una madre con el esqueleto

de su hijo abrazado y el de otro más pequeño colgado a su espalda... Eso no se supera nunca."

            Y es que en Ruanda se perseguía de forma especial a los niños. La consigna era matarlos a todos porque había que eliminar a toda una etnia.

Juan, le pregunto, ¿qué persona es capaz de hacer eso? Un soldado también tiene sentimientos. "En Ruanda -me responde- había un tremendo rescoldo de odio. Los hutus habían sido humillados, explotados, vilipendiados durante décadas por los tutsis y la ira estalló de la peor y más brutal forma posible. Nos sorprendía que incluso los religiosos, -no es que justificaran en modo alguno las matanzas-, pero daba la impresión de que comprendían en parte su origen. Fue la revolución de los más pobres, de la gran masa oprimida, de los hambrientos, contra quienes habían abusado de ellos. Y pagaron los más desvalidos, los más desprotegidos, las mujeres y los niños. Siempre los niños."

Juan, ¿y la náusea, el hecho de estar metido hasta las rodillas entre restos humanos putrefactos?

            "Para nosotros, los investigadores, médicos y odontólogos forenses,, no existe esa sensación porque los muertos te dicen lo que te van a enseñar. Sabemos cómo vamos a encontrar un cadáver según el tiempo que ha pasado y las condiciones del lugar en donde se encuentra. Yo a mis alumnos les digo que más arcadas sienten los odontólogos cuando un paciente les vomita por primera vez encima".

            Palafox también me habla de otro sentimiento, del miedo.

            "¿Sabes lo que sí sentimos en Ruanda cuando investigamos los asesinatos de los cooperantes españoles? Miedo. Miedo a que nos mataran a nosotros. Porque éramos impertinentes, porque queríamos saber algo que incomodaba a todos." “Y es que -dice este odontólogo forense- las naciones estaban dispuestas a mirar hacia otro lado pese a los terribles crímenes. ¿Por qué? Por los intereses económicos, por las materias primas, como siempre ha pasado en África”. El caso de Ruanda no es más que otro capítulo de la historia de la lucha de dos continentes por el control absoluto de los medios naturales. “Cuando fuimos allí en el 97 –recuerda López Palafox- finalmente nos dimos cuenta de que contribuimos a un gran paripé, al de los países ricos y vencedores tratando de dar la apariencia de que estaban dispuestos a ceder a sus intereses económicos en la zona por la muerte de tres de sus ciudadanos. Todo era mentira. Lo único que se consiguió, en parte, fue calmar, aliviar en algo a sus familias, pero los intereses nacionales estaban por encima de las muertes que fueran.”

            Y esto es lo que Juan López Palafox sigue pensando muchos años después. Él hizo su trabajo, con rigor, con profesionalidad, pero quizás no sirvió para todo lo que hubiera deseado. Lo pensó entonces, mientras miraba por la ventanilla del avión que le traía de vuelta a España y observaba por última vez el paisaje ruandés que tanto le enamoró. Y lo piensa ahora, cuando

al final del día tiene un momento para relajarse y quedarse con la mirada perdida y fija en la nada.

 

Miguel Ángel de la Cruz

 

Periodista. Antena3

 

 

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